TESTIMONIO DE TRES CURAS SECULARIZADOS

 

 

Manuel Suárez

Ex sacerdote. Compañero en Madrid

 

Conocí a Gaspar García Laviana en Madrid en el otoño de 1967, cuando yo me preparaba para ir a América de misionero. Se enteró de que en el colegio mayor Quiroga estábamos unos cuantos curas asturianos y vino a conocernos. Yo había oído hablar de él cuando estuve de coadjutor en La Felguera en 1966, que fue cuando Gaspar celebró su primera misa en Tuilla. Desde que nos conocimos, pasamos juntos los fines de semana del curso 67-68, porque yo me quedaba esos días en el piso de la parroquia de Gaspar.

 Al final, no fui a América porque los militares argentinos expulsaron a curas asturianos y se paralizó la obra de cooperación que había entre las diócesis españolas y las latinoamericanas, y me convertí en un cura obrero. En esos años soplaban los vientos del Concilio Vaticano II y el entonces obispo Tarancón, que luego sería cardenal, apostó por esa experiencia de curas obreros, lo que suponía que nos incardináramos en la realidad, en el mundo obrero y más pobre.

Gaspar empezó a trabajar de cura obrero en una carpintería, y durante ese año de estrecha relación que mantuvimos, creo que nos en riquecimos mutuamente en nuestra convivencia, con un diálogo y un debate continuos. Las generaciones de sacerdotes asturianos que nos ordenamos en la década de los 60 habíamos vivido las huelgas mineras de 1962, había ya un debate político, había encierros y manifestaciones, y asistir a ellas era algo recurrente. Los curas teníamos también inquietudes políticas y muchos participábamos, de forma medio clandestina, en asambleas y reuniones.

Luego, él se fue a Nicaragua de misionero y yo seguí de cura obrero, primero en Asturias y más tarde en Luxemburgo, para acabar secularizándome y casándome en 1974. Los dos fuimos curas obreros, pero luego tomamos caminos totalmente distintos. Nunca pensé que Gaspar se convertiría en guerrillero, aunque había precedentes de sacerdotes que habían tomado las armas e incluso habían muerto mientras luchaban. Nunca hablamos de ese tema Gaspar y yo. Sí hablábamos de los curas obreros, de vivir del trabajo de cada uno y de todo lo que suponía no cobrar por los servicios religiosos. Tenía las ideas muy claras.

Durante su estancia en Nicaragua vino alguna vez a España con el objetivo de recaudar fondos para ese país, en ocasiones acompañando a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. Yo asistí a una de las actuaciones que dieron en Madrid. Cuando me enteré del paso a la guerrilla de Gaspar, yo estaba de profesor en La Mancha y un poco desvinculado de toda la estructura eclesiástica, pero sentí admiración por él, por ser un hombre consecuente. Luego lees sus poesías, sus escritos, y te sientes un poco acomplejado, porque muchas personas nos habíamos quedado en el camino con la utopía, con los ideales y él, sin embargo, había llegado hasta el final en su compromiso por los más pobres, desfavorecidos y marginados.

Con el paso del tiempo y tras haber conocido su obra, tanto pastoral como poética, veo a Gaspar como una persona con un carácter y una entidad de profeta y como un poeta, dos cualidades que definen ya a una persona.

 

 

Pedro Regalado

Ex misionero del Sagrado Corazón.

Compañero en el seminario y en Nicaragua.

 

«Los demás comandantes iban por detrás de la tropa y Gaspar siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron»

Coincidimos en el seminario de los misioneros en Valladolid. Yo me incorporé al segundo año de secundaria y estuve cuatro años con él. Disfrutamos, nos reímos, era como un hermano. Luego fuimos juntos al noviciado de Canet de Mar, en Barcelona, donde estuvimos un año dedicados exclusivamente a la preparación espiritual, a decidir nuestra vocación. Íbamos a ver qué pasaba, éramos jóvenes, de 17 o 18 años, queríamos pasarlo bien. Nos amenazaron con expulsarnos a todos porque éramos rebeldes. En los ejercicios espirituales, que duraban un mes, fue cuando ya nos fuimos convenciendo de que del plan que traía Jesús era para la liberación de toda la humanidad. Comenzamos entonces a profundizar en la espiritualidad, en la vida de Jesús y de María. Al terminar ese año hicimos los primeros votos y nos fuimos a Logroño, a estudiar tres años de Filosofía. Eran tiempos muy duros. Nos libramos del servicio militar por ser religiosos, pero tuvimos siete años de durísimo servicio al servicio de Jesús.

Gaspar tenía vocación de darlo todo por los demás. En el seminario de Valladolid era « muy juguetón, tenía un carácter muy abierto, sabía compartir y jugaba bastante bien al fútbol. Le gustaba mucho fumar. Teníamos un cómplice, en el último año, Pedro María Belzunegui. Cuando Gaspar estaba deprimido –pensó muchas veces en dejar los estudios de Valladolid– iba al cuarto de Belzunegui, éste le daba un par de cigarritos y Gaspar era otro, se desahogaba. En el noviciado era muy pensativo, muy meditativo y quizá un poco apartado, pero a la hora de los juegos era amabilísimo, pasábamos los ratos muy agradables con él.

Llevaba a Asturias siempre en el corazón. Recordaba los juegos de pequeño, lo que había compartido con los compañeritos que había dejado en el pueblo. ¿Qué sería de él si hubiera seguido en el pueblo y no hubiera tenido esta oportunidad de ir al seminario? Todos nos planteábamos esa cuestión, seríamos personas distintas.

De su padre él tenía grabada la lucha por el oprimido, por el trabajador despreciado, vilipendiado, lo llevaba siempre muy dentro. El amor hacia sus padres era intenso. Les escribía con mucha frecuencia desde Nicaragua, les llamó algunas veces, porque la llamada era muy cara, pero siempre les llevaba en su corazón.

Al terminar Filosofía fuimos juntos a dar catequesis a unos colegios que había en Logroño. En el último año de Teología nos permitieron hacer una catequesis con trabajadores, con labradores de un barrio marginado de Logroño, La Estrella, y ahí empezamos a ver otra España distinta, otra realidad a la que nos habían enseñado y habíamos vivido. En los seminarios siempre nos habían presentado a la izquierda como a los malos, los enemigos de la Iglesia, de España. La Iglesia siempre estuvo al lado del poder, al lado del rico. Y cuando empezamos a vivir con los obreros vimos esa otra realidad y decidimos que queríamos trabajar con los oprimidos; más Gaspar, porque lo había vivido en su propia carne.

Estuvimos juntos hasta que nos ordenamos sacerdotes. El primer verano tuvimos que quedarnos en Logroño para atender las capellanías, mientras los demás se iban a la montaña, a despejarse un poquito. Ahí hicimos nuestra primera travesura. A los dos nos gustaban los toros y, tras decir misa en las capellanías, nos fuimos a Estella a ver una corrida. Una vez allí pensamos: “¡Pero si no conocemos San Sebastián, vámonos a la playa!”. Nos metimos en un bar con sotana y, al salir, ya no la llevábamos. La gente maravillada, se preguntaba: “¿Pero no eran éstos los curas?”. Y nosotros con la sotana escondida. Total que nos fuimos a los toros y luego a la playa de San Sebastián. Perdimos el último autobús, y eso que al día siguiente teníamos que volver a decir misa en las capellanías. Ni cortos ni perezosos, cogimos un tren de mercancías y llegamos hasta la estación de Venta de Baños. Ahí estuvimos toda la noche sentados en un banco y, al día siguiente, de madrugada, a decir misa a las monjas. Llegamos con dos horas de retraso y nos disculpamos una y otra vez, pero lo reído lo llevábamos entre los dos.

Luego vinimos a Madrid, hicimos un año de pastoral juntos. Gaspar se especializó en sociología y se fue a la parroquia de San Federico, donde estuvo tres años. Yo me quedé en Logroño como capellán de las monjas, hasta que me enviaron a Valladolid de ecónomo. Para entonces Gaspar y yo habíamos hecho ya el pacto de que nos iríamos juntos a las misiones, a una zona marginada, a vivir con campesinos. Lo teníamos asumido. Esa iba a ser nuestra vida, igual que la que había llevado Jesús.

Pasados los tres años, los dos solicitamos ir a Nicaragua y nos fuimos juntos. Acordamos también que el tiempo que estuviéramos en Nicaragua íbamos a vivir juntos, a compartirlo todo, porque llevábamos catorce o quince años viviendo como hermanos. Queríamos seguir igual. Y nos comprometimos a que si un día alguno de los dos decidía dejarlo nunca llevaría una doble vida. Eso nos repugnaba, no ser leales con nosotros mismos. Y lo cumplimos los dos.

Como todos los sacerdotes, pensábamos que íbamos a evangelizar, a repartir los sacramentos. Nos dimos cuenta de que la mayor parte de los sacerdotes de nuestra diócesis estaba con el capital, con el rico, con el poder. Todos los curan vivían muy bien. Nosotros no habíamos ido a Nicaragua para vivir así, porque para eso nos hubiéramos quedado en España. Queríamos una cosa distinta. Todas las parroquias tenían que dar un estipendio al obispo y nosotros nos negamos rotundamente. Dijimos que eso no era la Iglesia, que había que compartir con el más pobre y que el obispado tenía muchos más beneficios y poder adquisitivo que cualquier campesino de los que se estaban muriendo.

El 45% o 50% de los niños no llegaban a los tres años. Esa mortandad nos dolía. Era terrible llegar al campo porque una señora te avisaba de que se le había muerto su hijo. Tenían que cargar con él en una cajita y transportarla a hombros unos 60 kilómetros para llevarlo a nuestra parroquia. Al pasar por delante de la iglesia se tocaban las campanas, pero tenían que dar un estipendio. Eso nos rebelaba. Decidimos intentar que en cada comunidad ellos tuvieran su propio panteón, su propio camposanto. Empezamos a bendecir campos santos en unos lugares y en otros.

Nuestra cocinera, Filomena, había sido vendida por su mamá, a los nueve años, a un terrateniente a cambio de una cerda. El hombre la encerró en una casita de madera y allí le llevaba los alimentos. La niña no podía salir. Cuando tuvo su primera regla, ya se quedó embarazada de su primer hijo y así hasta tres. A los diecinueve o veinte años pudo escaparse y comenzar otra vida distinta. No sabía leer ni escribir ni había hecho la primera comunión. Gaspar la fue instruyendo, ella aprendió a leer e hizo su primera comunión con nosotros. Lo celebramos por todo lo alto, invitamos a todo el pueblo a esa primera comunión. Luego trabajó con nosotros. La última vez que estuve en Nicaragua Filomena había muerto de cáncer.

En Tola hay un prostíbulo con niñas de doce a catorce años, y los que iban al prostíbulo le comentaban a Gaspar entre risas: “Esta noche he estado con tal, me ha hecho esto, me ha hecho lo otro”. Gaspar se rebelaba. “Voy a sacar a esas muchachas de ahí”. Una noche sacamos a tres y las llevamos a la parroquia. Estuvieron viviendo en una casita aparte. Una de ellas regresó al prostíbulo y las otras dos se casaron. Hoy viven con sus compañeros y son madres felices.

Nos rebelaba saber que un señor, con hasta 14.000 vacas y una finca de 20.000 hectáreas, abusaba de las niñas de las familias de campesinos que trabajaban su tierra. “Ay que linda va tu niña”, decían los señores a las campesinas y en cuanto esas niñas se habían desarrollado abusaban de ellas. Luego, esos mismos señores venían el Jueves Santo a la iglesia y querían sacar al Santísimo bajo palio. Para nosotros era duro y Gaspar se rebelaba porque ante esa realidad ¿qué predicaciones iban a ser las nuestras?

Un Viernes Santo, en San Juan del Sur, Gaspar hizo un Vía Crucis que pone los pelos de punta a cualquiera. Cada caída de Jesús era la caída de aquel campesino, de aquella mujer que había sido violada por el otro, del 45% de niños que estaban enterrados que no habían llegado a los tres años porque les habían matado de hambre. Esa era la primera caída y así sucesivamente. Cuando llegó a la estación novena, paró delante de la casa del médico del pueblo, que no debía cobrar las consultas ni las medicinas pero que mandaba a las mujeres enfermas que enviaran a sus hijas para que él se acostara con ellas. Había que ver junto a la puerta del médico a Gaspar diciendo: “Aquí, la tercera caída de Jesús”. Todavía hoy me estremece recordarlo. Estaba allí la hija del médico, con una pistola y si no es por una persona que trabajaba en la casa, Gaspar hubiera muerto ahí, en la novena estación de Jesús, porque aquella mujer le hubiera disparado dos tiros.

¿Qué hicimos al principio al ver cómo vivía el pueblo? Íbamos a las comunidades, sacábamos diapositivas. A mí me gustaba mucho la fotografía. Estábamos dos o tres días sacando fotos de los campesinos. Luego preparábamos un esquema y les hacíamos una exposición ción de sus propias vidas. Tomaban conciencia al ver que sus hijos estaban llenos de parásitos mientras que el caballo del señorito gozaba de un veterinario cada seis meses. Poco a poco empezamos a crear los grupos de mamás catequistas. También enseñamos primeros auxilios, logramos que vinieran unas comadronas y dábamos cursillos de medicina preventiva. Más tarde formamos delegados de la palabra, una figura que había dado un resultado óptimo en la República Dominicana. Llegamos a tener unos 80.

Utilizamos los medios de comunicación para relacionarnos con los campesinos. Entre 1974 y 1976 teníamos un programa semanal de media hora en la emisora Radio Rumbos de Rivas: Gaspar y nos turnábamos junto con otras dos personas para comunicarnos con todas las comunidades. Emitimos hasta que suprimieron el programa.

También creamos y publicamos una revista, Cristo campesino, dirigida por Luis Gurriarán, compañero misionero del Sagrado Corazón y que era un gran escritor. Publicamos un número monográfico, el tercero, titulado La distribución de la tierra, y en el que informábamos de las propiedades de los grandes terratenientes de Nicaragua. No nos dejaron publicar más números. También pusimos en marcha un dispensario en San Juan del Sur, con el que conseguimos ofrecer asistencia médica y medicinas gratuitas para los campesinos gracias a la colaboración de empresas camaroneras.

Los campesinos nunca habían tenido una fiesta en el pueblo. Conseguimos que el día de San Juan bajaran de todas las comunidades rurales y organizamos corridas de toros. Gaspar, con esa voz que tenía tan maravillosa de barítono, cantaba las canciones de sus ídolos, Jorge Cafrune y Alfredo Kraus. Cautivaba a la gente, sobre todo a las mujeres. Tenía un séquito de mujeres detrás. Una noche, las tres damas principales del pueblo me dijeron que querían pasar una noche con Gaspar. Se lo conté: "Oye, que tienes a estas tres loquitas. Me han dicho que pidas lo que quieras, pero que pases una noche con ellas”. Gaspar, ni corto ni perezoso, les dijo, delante de los maridos: "Bueno, ¿con quien me toca esta noche? No me importa pasarla con las tres”. Y ellas, con la cara roja, empiezan a mirarse y una de ellas le responde: "Pues con quien quieras, si quieres con las tres, con las tres, pero pásate una noche con nosotras". ¡Vaya risas que hicimos! Gaspar era un hombre muy atractivo, con una gran personalidad.

Hasta un hermanastro de Somoza, homosexual, intentó camelarle. Gaspar era muy inteligente y consiguió que ese hombre aportara una subvención mensual para que los trabajadores de su empresa camaronera tuvieran cubiertos los gastos de médico y de medicinas. Logró también, a través del hermanastro del dictador, que otras cuatro empresas camaroneras hicieran lo mismo.

Creo que el campesinado latinoamericano estaba domesticado por los españoles, que eran los que mandaban y a los que veían superiores. Así se acostumbraron a obedecer en todo, a la sumisión total. Esto se ha ido transmitiendo y hoy día siguen diciendo: “No, si nosotros no podemos". Al mando de otra persona trabajan horas y horas, pero ellos no son capaces de pensar por sí mismos. A la sociedad capitalista le interesa que sigan así, que tengamos personas que nos sirven en todo sin esperar nada a cambio.

Gaspar era muy impulsivo. Hasta en tres ocasiones pensó dejar Nicaragua, de manera que escribió a la Trapa y a la Cartuja para ver si podía incorporarse porque veía que no podía cambiar al campesinado, no podía dar a Jesús a esa gente por la situación en que vivían. Espiritualmente era un hombre muy profundo. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, nos aseábamos e íbamos a la iglesia. Era obligación rezar el breviario durante unos tres cuartos de hora. Muy pocas veces rezamos todo el breviario. Fuimos rebeldes en eso. Nuestros superiores nos regañaron muchas veces. Nosotros leíamos un poquito del Evangelio e interpretábamos la redención por la muerte de Jesús, esa chispita de Gracia y de Espíritu Santo que llegó a María, que ella veía ya cómo iba a morir su hijo y lo aceptó y lo incorporó a su propia vida. Gaspar profundizó en eso y sabía, cuando tomó la decisión de irse a la guerra, que tenía un 85% de posibilidades de morir. Pero no le importaba, porque iba a dar su vida por sus hermanos los campesinos.

Gaspar intentó, con otros dos guerrilleros, poner una bomba debajo de la casa de Anastasio Somoza. Para nosotros era muy fácil porque la que cuidaba la casa era muy amiga nuestra, una mujer sencilla. Yo influí para que no lo hicieran porque si Somoza no moría la represión iba a ser peor y el régimen seguiría igual. Gaspar escribió a moralistas de España y les consultaba. “¿Un sacerdote o un cristiano pueden eliminar a un dictador que lleva 40 años machacando a un pueblo?”. Le contestaron que a un dictador es lícito matarle. Pero entonces Gaspar dijo: “Nada hacemos con matar a este hombre con una bomba porque va a seguir todo igual, hagámoslo de otra manera".

Fue entonces cuando empezamos a tener contacto con el sandinismo. Coincidíamos con ellos en que había que cambiar esta estructura. Gaspar se volcó con el Frente Sandinista y tomó su decisión. Se le acabaron las dudas. Lo consultamos y lo hablamos muchas veces, profundamente, noches enteras. Nadie imagina lo dura que fue la vida de Gaspar en el monte. A mí se me ponían los pelos de punta cuando me contaba que por la noche tenían que estar metidos debajo de una roca, con los mosquitos picándoles a todos; que habían matado una vaca y no podían hacer fuego hasta la noche y, por eso, comían la carne cruda. Gaspar es un héroe, un líder nato.

En más de una ocasión dudó en dejar el Frente Sandinista. Una noche en Guatemala me comentó el sufrimiento de su primera batalla, en el río Ochomogo, en la que hubo muchos muertos y un sandinista le encomendó, poco antes de morir, la custodia de su hijo. Gaspar era un hombre de paz y quedó destrozado por tanta sangre. - 113 - Me dijo que no volvería a coger las armas y que se iría a trabajar a Colombia. Pero sus compañeros de lucha le convencieron de que volviera y se reincorporara al Frente Sur.

Cayó por ser valiente. Los demás comandantes iban siempre detrás de la tropa y él siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron. Gaspar decía: "Estos que tienen hijos, que han dejado a su mujer y a sus hijos, y me siguen, ¿van a ir delante de mí? Yo no tengo nada que perder”.

Una noche, en Costa Rica, Gaspar grabó una cinta preciosa, de despedida, que nunca apareció. Se la dio a un misionero del Sagrado Corazón de Jesús, un cobarde que no se ha atrevido a sacarla a la luz porque decía muchas cosas para los misioneros y para todos los sacerdotes y para toda la Iglesia, como "Éramos unos cobardes, que habíamos vendido a Jesús por 33 monedas doscientas mil veces”.

Gaspar sigue siendo un hermano para mí, que está vivo conmigo. Yo me comunico con él, con mi madre, con mis seres queridos. Tengo tres hijos y una mujer, una preciosidad. Cuando hice la dispensa pedí seguir siendo sacerdote casado. No me lo permitieron, pero sigo creyendo igual. Gaspar sigue vivo, con la Iglesia, con el pueblo, es un granito que está germinando y dando su fruto. He visitado varias veces los lugares donde vivimos y allí están las escuelas que dejó hechas Gaspar, las capillas, los cementerios. Gaspar vive con ellos.

 

 

 

 

Xabier F. Coronado

AUTOR DEL LIBRO:

Gaspar García Laviana, sacerdote, guerrillero y poeta.

"Sus poemas son como canciones, se les podría poner música para que los cante el pueblo". (Ernesto Cardenal).

 

Hay vidas que discurren de tal manera que van dejando detrás de ellas un reguero de pólvora. Ese rastro queda ahí, en el camino recorrido, a la espera de una chispa que lo prenda. Cuando esto sucede se produce una explosión, un fulgor que se expande y el ejemplo de esa existencia trasciende. La repercusión que genera a veces no traspasa el ámbito familiar o local, pero otras la onda expansiva se multiplica y provoca un fenómeno social.

La vida y la obra de Gaspar García Laviana (Asturias 1941-Nicaragua 1978) es uno de esos ejemplos. Su muerte fue el detonante que hizo explotar la luz que iluminó toda su existencia. En México no es muy conocida la vida de este sacerdote que moría empuñando un fusil en Nicaragua. Gaspar murió en un enfrentamiento con la Guardia Nacional, el grupo policíaco-militar que mantenía, a base de terror e impunidad, la dictadura de Anastasio Somoza.

Pero ¿quién era Gaspar?, ¿qué circunstancias le habían llevado hasta ese momento definitivo en que perdía la vida luchando por una causa revolucionaria?

Gaspar García Laviana había nacido treinta y siete años atrás, en Les Roces, Asturias, un lugar muy lejano del terreno donde se escondía aquella húmeda madrugada de diciembre con un grupo de compas que estaban bajo su mando. Su padre era minero, había pasado cuarenta años de su vida en la mina y Gaspar, a pesar de empuñar un arma y luchar en una guerra real, era sacerdote. Un misionero que había tomado la decisión de matar y morir por una causa justa, la liberación del pueblo al que había entregado los últimos años de su vida: “Vine a Nicaragua desde Asturias, mi tierra natal, a ejercer el sacerdocio como misionero hará unos nueve años. Me entregué con pasión a mi labor de apostolado y pronto fui descubriendo que el hambre y la sed de justicia del pueblo deprimido y humillado, al que yo he servido como sacerdote, reclamaba, más que el consuelo de las palabras, el consuelo de la acción.”

Un cura que se hizo guerrillero y dejó escritas las razones de su lucha en una carta a sus compañeros de congregación en diciembre de 1977: “Yo no puedo callar ante esta situación, porque estaría contribuyendo a sostener el gobierno brutal de Somoza.” El texto concluye con un párrafo donde se mezclan el espíritu misionero con la necesidad de la lucha revolucionaria: “El somocismo es pecado y liberarnos de la opresión es librarnos del pecado. Y con el fusil en la mano, lleno de fe y amor por el pueblo nicaragüense, he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria. ¡Patria libre o morir!”

Esta trascendente decisión fue tomada por Gaspar en la primavera de 1977 cuando, después de sufrir varios atentados, tuvo que huir de Nicaragua perseguido por la Guardia Nacional.

Gaspar moría la madrugada del 11 de diciembre de 1978 en Nicaragua, su país de adopción, en un carrizal junto al río Mena, en el municipio de Cárdenas, muy cerca de la frontera con Costa Rica. En ese momento es probable que toda su vida se reflejara en una última visión antes de abandonar este mundo. Si así fue, seguro que recordó su infancia en Asturias, su formación en el seminario, los años en La Rioja donde estudió Filosofía y Teología, los primeros trabajos de organización social formando una cooperativa para la construcción de viviendas en un barrio habitado por inmigrantes, los estudios de sociología en Madrid que completaron su formación universitaria, la alegría de oficiar su primera misa en 1966, los cuatro años en Madrid ejerciendo como sacerdote en un barrio obrero donde también trabajaba de carpintero para conocer mejor las condiciones laborales en que vivían sus feligreses, su sueño de ser misionero, el viaje a Nicaragua, la dura realidad social centroamericana, sus colaboradores y amigos, la alegría del trabajo compartido, los contactos con el Frente Sandinista y su primer nombre revolucionario: Ángel, la formación clandestina de los jóvenes que le iban a acompañar en la lucha, el rescate de las niñas del prostíbulo, la creación de escuelas, el acoso de la guardia somocista, el exilio en Costa Rica en campamentos de la guerrilla sandinista, su segundo nombre clandestino: Miguel, los meses de entrenamiento en Cuba, su ascenso a comandante, el comandante Martín, la toma de Rivas que dirigió junto a Edén Pastora, el enfrentamiento definitivo con la guardia...

Es muy probable que todo esto pasara como una película por la mente de Gaspar, toda la recapitulación de su vida en un último y definitivo poema. Porque Gaspar, además de sacerdote y guerrillero, era poeta, y sus poemas circulaban de mano en mano entre los guerrilleros del Frente Sur: “A morir/ a morir guerrillero/ que para subir al cielo/ hay que morir primero” (A corazón abierto, Madrid, 2007).

Una existencia de solidaridad plena, dedicada por entero a sus semejantes, y una muerte que tuvo la importancia de ser el detonante para conseguir el triunfo sandinista: “La muerte de Gaspar fue el impulso que nos llevó a la victoria.” (Daniel Ortega).

En Nicaragua son conscientes de la importancia de su sacrificio y Gaspar es considerado un héroe de la revolución. Ernesto Cardenal escribió que “por su vida y su muerte es una inspiración y un ejemplo a seguir para todos los sacerdotes, para todos los cristianos y todos los nicaragüenses.” (Gaspar G. Laviana, Cantos de amor y guerra. Introducción. Managua 1979).

El pueblo puso su nombre a hospitales, escuelas y calles. Todos los años se conmemora la fecha de su muerte como una efeméride fundamental en la historia del pueblo nicaragüense. Tres décadas conmemorando esa muerte en actos que se realizan cada año en Cárdenas, bajo la cruz que señala el lugar donde Gaspar entregó su vida. Gaspar G. Laviana, el “cura sandinista”, el poeta, está vivo en la memoria colectiva del pueblo.

 

xabierfcoronado@yahoo.com

http://www.jornada.unam.mx/2011/01/30/sem-xabier.html